El jueves pasado mi prima más pequeña cumplió cinco años. Como la familia quiso celebrarlo, pues el viernes le organizamos una reunión con la comida que ella eligió (hotdogs), muchos globos y un rico pastel de fresas, que por cierto yo escogí.
Es raro comenzar esta historia con algo que para nada está relacionado con mi tema principal: Firus.
¿Quién es Firus? Pues es mi perro, un perro muy especial para mí.
¿Por qué tiene que brincar la historia de la fiesta de cumpleaños a mi mascota? Simple. Anteriormente dije que había pastel y a Firus le gusta mucho el pastel.
De hecho creo que son muy pocas las cosas que no le gustan, por ejemplo la fruta ni la gelatina a base de agua.
En fin, decía del pastel. Le dimos un poco al glotón de mi perro y se lo comió con el mismo gusto que se comió su primer pedacito. Eso pasó hace poco más de seis años.
Les contaré:
Estábamos a principios del mes de abril, así que faltaban unas semanas para mi cumpleaños número doce. Lo que más había deseado hasta ese momento era que mi familia me permitiera tener un perro, pero las circunstancias tanto de espacio como de la responsabilidad que implica tenerlo, habían impedido que me dieran el "si".
Recuerdo que un sábado de esos tuve que ir a casa de mi mejor amiga a hacer una maqueta de un volcán, era una tarde con mucha lluvia y cuando llegué a casa sólo me preocupé por llegar a secarme los pies. Tan distraída iba (como casi siempre), que me espanté mucho cuando vi que se movió algo en el piso y que según yo no tenía por qué moverse, ya que parecía un trapeador "mop" por lo sucio y arrinconado que estaba.
Entonces lo vi mejor: era un perro, bueno, estaba muy descuidado y todo tembloroso. ¿Qué hacía un perro en la casa? Lo observé todavía más. No era cualquier perro, sino que era uno que yo conocía. Era el perro de mi sobrino.
Les resumo. Es mi único sobrino, por parte de una prima, hija de mi tío materno y su esposa, o sea tía postiza.
Mi prima se mudó de casa de mis tíos, pero no se llevó a Firus porque ya no había espacio en su nueva casa y lo dejaron con mi tía postiza, quien no lo quería.
Les resumo. Es mi único sobrino, por parte de una prima, hija de mi tío materno y su esposa, o sea tía postiza.
Mi prima se mudó de casa de mis tíos, pero no se llevó a Firus porque ya no había espacio en su nueva casa y lo dejaron con mi tía postiza, quien no lo quería.
Sin embargo, no me explicaba qué hacía aquí, bueno sí; se estaba cubriendo de la fuerte lluvia. Lo primero que le pregunté a mi abuelita fue que qué hacía un perrito allí. Me contestó que había seguido a otro de mis tíos y al ver que estaba lloviendo a cántaros lo dejó entrar para que no se mojara más.
Puesto que, como ya dije, la tía postiza no lo quería y menos en su casa, se le hizo sencillo dejarlo a su suerte en la calle, como pudimos comprobarlo después.
Yo me sentí muy molesta porque no tolero este tipo de cosas. No podía creer que mi tía fuera tan descorazonada como para botarlo así nada más, siendo que el perro siempre había vivido en un patio, sin salir, traumado por los escobazos que le daban, flaco por el alimento que se les olvidaba darle, temeroso por todo lo que estuviera fuera de aquél lugar.
Dejó de llover y tuvo que salirse, aunque yo no quisiera. Claro que en ese momento lo que menos me pasó por la mente fue quedármelo, sino que buscarle otro hogar, con alguno de mis amigos de confianza.
Pero no pasó ni una semana y Firus ya estaba de regreso en nuestra casa. Ahora venía muy lastimado porque unos perros se lo agarraron de bajada y él no sabía bien cómo defenderse. Fue entonces cuando pensé en quedármelo, lo platiqué con la familia y me dijeron que no se podía. De hecho otros primos también quisieron quedárselo, pero como ellos tenían perritas sin esterilizar, desistieron.
Entre varios miembros de la familia lo cuidamos, le dimos de comer, lo llevamos al veterinario para que lo revisaran, bañaran y curaran las heridas. No podíamos dejar que regresara a las calles todo lastimado. Yo no quería siquiera que regresara a la calle y le imploré a mi mamá y a mi abuela que me dejaran quedármelo. Otra vez dijeron que no.
No sé que fue lo que pasó, si fue destino, o un milagro, o simplemente se compadecieron tanto del perro como de mí; el caso fue que ¡al final aceptaron que Firus fuera adoptado por nosotros!
Y llegó mi cumpleaños. Firus estaba muy guapo, con heridas sanando y estrenando cadena con collar.
He de confesar que mi cumpleaños 12 fue uno de los que más recuerdo y que me gustó, puesto que mi mamá organizó un fiesta a la que asistieron personas muy queridas, además de que me compró mi primer celular y....¡
Si, tenía un lindo perro!
Si, tenía un lindo perro!
Fue justo esa misma tarde, después de partir el pastel, que nos dimos cuenta de que teníamos un perro muy cuzco ¬.¬ Jejeje...pero eso es lo de menos.
Han pasado los años y cada vez estoy más convencida de que ese can y la familia estábamos ya destinados para estar juntos, más no revueltos.

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