martes, 15 de octubre de 2013

Patoaventura en Cuernavaca

Hoy estaba recordando una anécdota muy divertida que me pasó hace más o menos unos cinco años, cuando fui a una fiesta en Cuernavaca.
Mi mamá, mi abuelita y yo llegamos a la casa de un conocido de años, casi de la familia; llegaron a aparte otros familiares de diferentes lugares de México y nos divertimos mucho a pesar del calor que hacía.
Cantamos karaoke, comimos carnitas y mis primos del Estado de México me hicieron reír mucho. Precisamente uno de esos primos es Karina, que me lleva dos años de edad y con quien viví la aventura que estoy a punto de relatar.

Al día siguiente de la pachanga, seguía haciendo calor y mi prima Karina y yo nos enteramos que cerca de la casa de nuestro conocido había un río en donde se nos ocurrió que podíamos refrescarnos un rato antes de regresar a casa.

Se nos hizo fácil ponernos nuestros shorts y aventurarnos, sin conocer bien el lugar. Llegamos al río, nos metimos; el agua estaba perfecta. Nos adrentramos más en el agua, pasando con mucha difucultad por lo resbaloso que estaba el fondo del río gracias a las piedras y plantas submarinas. Eso no nos importó; jugamos un rato a mojarnos,  a recoger piedritas que nos parecían lindas y se nos olvidó por completo que teníamos que regresar al mediodía. Fue hasta ese momento en que nos pusimos a pensar en la hora que nos dimos cuenta que estábamos lejos de la orilla y regresar nos fue muy complicado. Se nos hizo fácil alcanzar el extremo contrario, porque estábamos a unos cuantos pasos de allí. Lo que no imaginamos es que justamente de ese lado la corriente era más rápida y potente. 
Estábamos pasando por esa parte del río cuando me resbalé y me mojé toda la ropa O_O "¡Noooo!", pensé, porque el único sostén que llevaba para el viaje. Para colmo, en mi caída, había perdido una de mis sandalias y ahora tenía que tocar con mi pie en fondo del río >~< se sintió extraño...
Puesto que ya estábamos más acá que allá,  continuamos como pudimos para llegar al pasto de la orilla, pero ¡oh sorpresa! no era pasto, sino como un montículo de lodo cubierto de pasto. ¿Y ahora? Ya no podíamos regresarnos, teníamos que rodear el río y encontrar la manera de llegar a la casa antes de que se preocuparan por nosotras. 

Seguimos, encontramos una subida de tierra, pensamos que la calle estaría allá arriba, así que subimos con mucho esfuerzo. ¡Todo para nada! Lo que encontramos fue un campo de cultivo de plantas. Nos dimos cuenta que estábamos totalmente perdidas y bajar de nuevo sería peligroso con tantas rocas.
Pero no podíamos quedarnos allí, continuamos la caminata con la esperanza de encontrar a alguien que nos dijera un camino que nos llevara a la calle pavimentada. Con tremendo calor la tierra estaba muy caliente, así que tuve que pedirle a mi prima que me prestara un rato una de sus sandalias porque mi pie desnudo comenzaba a quemarse al pisar.

No tengo idea de cuánto tiempo estuvimos dando vueltas entre las plantas que estaban llenas de mosquitos, pero ya comenzábamos a preocuparnos un poco. Por si esto no fuera poco, cuando menos nos dimos cuenta habíamos entrado a una propiedad privada; esto sólo lo vimos cuando tres perros comenzaron a gruñirnos y a prepararse para abalanzarse sobre nosotras, que éramos las intrusas accidentalmente.

Karina se espantó mucho y se echó a correr. Yo no creía que esa fuera buena idea, pero no me quedaba más remedio que ir tras de ella o si no estaríamos perdidas cada quien en un lugar diferente. Los perros no quisieron ir en pos nuestra, por suerte.
Total que ahora habíamos llegado a otro extremo del terreno, ahora sí ya era desesperación por no encontrar ni a una persona a quién preguntarle nada. 
A lo lejos escuchamos el río, ahora ya no nos importaba caernos con tal de ubicarnos de nuevo para regresar. Bajamos por otra de esas pendientes llenas de tierra y rocas para llegar al río. 
Rayos. No era la misma parte del río que habíamos cruzado primeramente, además se veía que de ese lado se hallaba la "civilización humana" porque había mucha basura. Con algo de asco, pero dadas las circunstancias, cruzamos por esa parte, ahora la que se cayó fue Karina. 
A duras penas y bastante cansadas, pero milagrosamente llegamos a la calle. ¡Hurra! Reconocimos las calles, así que sólo teníamos que caminar dos cuadras pequeñas, dar vuelta a la izquieda y ¡voilà! estaríamos de regreso.

Sin embargo, la historia no terminaría todavía. Para espanto nuestro había una vaca rojiza con cuernos muy largos y afilados suelta... La verdad si nos dio temor que se sintiera amenazada en su territorio y nos atacara. Pues no teníamos más tiempo, era correr probando suerte y a ver si no nos pasaba nada más, así que echamos a correr lo más rápido que pudimos, lejos de la vaca que al final no nos prestó tanta atención.

Y espantadas, enlodadas, mojadas y casi sin aliento llegamos por fin. La verdad yo me sentí muy aliviada de que lográramos superar toda esa travesía. Antes no fuimos atacadas por los perros guardianes, ni por la vaca ni por el o los dueños de la propiedad a la que entramos por error.

No importó que nos regañaran un poco, o que tuviéramos que darnos una buena ducha con agua fría para quedar limpias, al final todo quedó como un recuerdo muy emocionante y que de verdad espero que la próxima vez la curiosidad no nos haga perder la precaución.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario